La ilusión se cuece a fuego lento

Cuando yo era pequeño, de tió sólo había uno: el de casa. Y tenía que cuidarlo y responsabilizarse me si quería que cagas. Este era el trato.

Los reyes sólo los veía, de lejos, en la cabalgata. Y, como máximo, tenía el honor de llevar la carta al paje en mano. Un día y una hora determinados. El resto era misterio. Y aquí estaba la gracia.

Ahora hacemos cagar tiones a todas horas y en cada esquina, los paresnoels te acosan por la calle y tenemos más reyes que la Europa medieval. El comercio se lo ha llevado todo por delante en su afán de llamar la atención sobre sí mismo y sobre todo lo que tiene para ofrecernos.

Y hasta aquí el discurso alternativo habitual. El comercio. El consumismo. El capitalismo. Y todo esto.

Y “todo esto” es cierto, pero no hay oferta sin demanda: “todo esto” ha pasado con la connivencia de los grandes, que queremos ser protagonistas de la fiesta, cuando no es nuestra, sino de los niños. Y aquí es donde quería hacer mi inciso.

Una de las emociones más intensas que he tenido nunca (sí, nunca) fue la Cabalgata de Reyes donde la Muriel tenía poco más de dos años. Como se suele decir, la primera en la que se daba cuenta de todo. La Muriel era todo ojos. Ni parpadeaba. Los peces, las hadas, las mariquitas gigantes. Las cintas, las hadas, las mariposas gigantes. Los farolillos, las hadas, los carros de carbón. Las hadas. Las hadas. Un hada se le acercó y, guiñándole un ojo, le pintó la cara con un trozo de carbón. Se me niegan los ojos de recordar justo ese preciso momento. Para el hada (gracias, hada!) Fue poco más que un batir de alas; por Muriel fue conectar el que llevaba imaginando en la cabeza durante meses con la realidad; por mí … a mí se me salía el corazón por la boca y las lágrimas por todas partes.

Estos momentos son únicos, porque son una primera vez que, por definición, nunca volverá a ser como la primera. Como el primer beso (ahora hablo de los besos que nos hacemos los grandes), como la primera vez que coges el coche después de sacarte el carné, como cuando apruebas el último examen por primera vez. Sin embargo, seguimos persiguiéndolos buscando esa sensación.

Cada cabalgata, cada mañana de Reyes, cada vez que hacemos cagar el tió hay aquella ilusión, y la quieres poder vivir cada día. Como un yonqui. Pegado a la felicidad de tus hijos.

Y es aquí donde retomo la historia que había comenzado más arriba: de la mano de este comercio egocéntrico, y animados también, a menudo, por estas idealizaciones de padres-y-madres perfectas que vemos por Internet y que hacen cosas fantásticas, nos tiramos a hacer réplicas de laboratorio de estos momentos de felicidad que perseguimos.

Y los reyes? Si verlos de lejos a la cabalgata es una emoción incomparable, como debe de ser de incomparable verlos de cerca? Y tocarlos? Y hablar con él? Y que te den los regalos en persona … en lugar de la cosa esta aburrida de irse a dormir temprano temprano temprano para que no nos vean despiertos y entonces no … Ah, pero no era , precisamente, esta la magia de los Reyes? El hecho de no verlos? No era la magia del tió el cuidarlo, cada día, cada día, después de encontrarlo en el bosque, o que se nos aparezca en el balcón de casa, y cuidar a diario, tomando la pequeña pero enorme responsabilidad de ‘alimentarlo día a día para que, al final, un día cague?

Con el tiempo me he ido volviendo muy contrario a la saturación de escenificaciones navideñas. En el pasado he hecho de Santa Claus en la cena familiar para los hijos de mis primos y, aunque sin entusiasmo, no me parecía tan mal. También he hecho de Rey de Oriente a domicilio, cobrando, para obtener fondos para una fundación, y me pareció bien todo por el dinero y por su destino. He tolerado, cada vez con más desgana y al final con rechazo, las “apariciones” de Santa Claus en la guardería, tan impostadas como improductivas: todos los niños llorando de espanto, todos los familiares pendientes de “la” foto y que los niños (aterrorizada) lo pase bien, hombre, no llores, que es el Padre Noel !!

Y ahora ha llegado un punto que todo me cuesta mucho y todo me sobra. Todo, menos una o dos celebraciones que hacen hervor desde hace meses en la cocina de casa.

Para que la fiesta, el Tió, los Reyes, no son la escenificación final, sino el viaje interior que hace cada niño, todo lo que imagina mientras espera, mientras espera y no ve, mientras no ve e imagina. Creo, cada vez más, que los debemos dejar esperar, que debemos dar tiempo a la imaginación a hacer su camino. A crear un mundo, a construir una irrealidad, a emocionarse por dentro, no por fuera.

La ilusión se cuece a fuego lento. Si no le damos tiempo, se nos queda cruda; como aquel arroz que, impacientes, hemos echado a perder por el ansia de comérnoslo el antes de tiempo, dejándonos, al mismo tiempo, con hambre y con sed.

Leave a Reply